—Sofía, no te pases de lista —frunció el ceño Alejandro—. ¿De verdad crees que me muero por comer eso?
—Entonces, señor Rivera, haga lo que quiera —contestó Sofía, llevándose a propósito una cucharada a la boca mientras lo miraba provocadora.
Ella sabía perfectamente que Alejandro había crecido entre lujos, y que jamás había cocinado nada en su vida.
Al notar su actitud desafiante, Alejandro, en lugar de enojarse, soltó una carcajada sarcástica.
Esta mujer… cada día más atrevida.
Se levantó y se