—¡Sí, sí, sí! ¡Fue culpa de nuestra Mónica! ¡Señorita, lo siento, de verdad lo siento! Mire, por favor, tenga en cuenta que todavía es una chamaca, perdónela. Díganos cuánto quiere, nosotros pagamos lo que sea —balbuceaba el padre de Mónica, muerto de miedo.
En todos sus años en esta ciudadd jamás habían provocado a alguien tan poderoso.
Y todos sabían que ese Casanova, recién regresado del extranjero, tenía vínculos con el bajo mundo. Meterse con él significaba firmar una sentencia.
Sofía frun