Alana
Christopher y yo nos mantenemos en un silencio. Desde la mesa del comedor, escuchamos el tintineo de los platos y las ollas que mamá mueve en la cocina. El contraste entre la familiaridad de esos sonidos y el peligro real afuera me revuelve el estómago.
Me acerco un poco a Christopher, inclinándome sobre la mesa para hablarle en un susurro apenas audible.
—¿Tu equipo de seguridad no vio nada en estos días? —le pregunto, con el pulso acelerado.
—Debe ser algo muy reciente.
Su mandíbula est