Alana
Al cruzar la puerta del despacho del juez Harrington, el impacto del aire frío del pasillo me hace erizar la piel. Siento un nudo atorado en la garganta y una presión opresiva en el pecho; las palabras del juez sobre la falta de pruebas directas aún me retumban en la cabeza como un eco distante.
Pero al alzar la vista, el suelo parece firme de nuevo.
A solo unos metros, sentadas en las bancas de madera, están Marie y las niñas. Mi corazón da un vuelco involuntario.
—¿Qué hacen aquí? —murm