Christopher.
En cuanto el jet alcanzó la altitud de crucero, le insistí a Alana en que nos acostáramos en la cama de la cabina principal. Necesitábamos dormir para amortiguar el golpe del jet lag, pero, sobre todo, para darnos una tregua. Las últimas cuarenta y ocho horas habían sido un ajetreo salvaje y destructivo, y nuestros cuerpos necesitaban apagarse.
El problema es que mi esposa tiene otros planes.
Alana se remueve por quinta vez en menos de diez minutos y, al girarse con torpeza, me enc