Christopher.
Alana no reacciona. Se queda ahí, de rodillas frente a mi hija, en un silencio absoluto que de inmediato enciende mis alarmas. Frunzo el ceño, percibiendo cómo la ligereza del ambiente se evapora en un segundo.
—¿Alana?
Sus hombros se ponen rígidos. Muy despacio, alza la cabeza para mirarme. Sus ojos verdes, siempre tan expresivos, lucen opacos, y su rostro ha perdido todo el color. Se queda muda un instante más, hasta que algo parece hacer clic en su mente; se levanta de g