Alana.
Abro los ojos despacio. El aroma de la habitación de Christopher me sitúa antes de que termine de espabilarme.
Giro la cabeza apenas unos centímetros sobre la almohada. Él duerme a mi lado, con una camiseta gris que se ajusta a sus hombros. No hay ropa esparcida por la alfombra ni la urgencia salvaje que solía marcar el final de nuestras noches. Solo el recuerdo de un fuerte de sábanas desarmado en la madrugada y la petición que me había hecho contra los labios: «Quédate».
Y me he queda