Alana.
Empezamos a doblar las sábanas en silencio. En un momento, me agacho cerca de los cojines y mis dedos tropiezan con el pequeño oso de peluche de Vivian.
Lo levanto del suelo y me le quedo viendo. Una sonrisa nostálgica, llena genuino orgullo, se me dibuja en el rostro. Está empezando a ser libre de sus miedos.
—Soltó al osito... —murmuro en un hilo de voz, acariciando con el pulgar la oreja desgastada de felpa—. Debería llevárselo a su habitación más tarde, para que no lo extrañe si se d