Capítulo 29

Alana.

El pánico me paraliza las manos contra el auricular. Maldición, maldición, maldición… Calma, Alana. Concéntrate. No te precipites.

Me dejo caer en el borde de la cama; las piernas me tiemblan tanto que, si me quedo de pie, siento que me voy a desplomar en el suelo.

—¿De qué hablas, mamá? —contesto muy apenas, obligando a mis cuerdas vocales a no temblar—. No te estoy mintiendo...

—Llamé a la directora, Alana —su tono de voz me corta el aire. No está molesta, pero tampoco suena contenta;
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