Alana.
El pánico me paraliza las manos contra el auricular. Maldición, maldición, maldición… Calma, Alana. Concéntrate. No te precipites.
Me dejo caer en el borde de la cama; las piernas me tiemblan tanto que, si me quedo de pie, siento que me voy a desplomar en el suelo.
—¿De qué hablas, mamá? —contesto muy apenas, obligando a mis cuerdas vocales a no temblar—. No te estoy mintiendo...
—Llamé a la directora, Alana —su tono de voz me corta el aire. No está molesta, pero tampoco suena contenta;