CUANDO CARLA ENTRÓ AL living de su departamento después de una urgente visita al supermercado encontró una escena para nada rara, bueno, nada rara dentro de lo que se acostumbraba con la canadiense Alessa Genevieve Sinclair, su amiga y compañera.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó divertida.
Una Alessa descalza, vestida solo con unos jeans rotos y su famoso brasier negro con marcas de labial rojo, estaba encaramada en una ventana de una forma que a simple vista parecía imposible de lograr. Ambos