AÚN AGITADO, LEONARDO SALIÓ de la gran cama matrimonial dejando sola a la chica pelirroja que horas antes se le había insinuado en una de sus famosas trifulcas fiesteras.
De todas las opciones, fue ella simplemente por el color de su cabello. Un rojo opaco que notaba —ahora que no estaba ebrio— no se parecía en nada a la hipnótica melena de su niña problema, de Alessa.
¿Qué demonios le hizo esa chica para tenerlo así? ¿Brujería? Era increíble la magnitud de poder que ella poseía sobre él, sin si