—Lo repito. Debería darte vergüenza. Te desapareces y ni una señal de humo me das, Genevieve.
La aludida se encogió de hombros y sostuvo más arriba la tableta, por donde estaba hablando con una resentida Agatha Sinclair dos semanas después de la última llamada que compartieron.
—Ma, perdón —insistió—. Se me olvida.
—¿Se te olvida que tienes madre?
Alessa suspiró y volvió a intentar:
—Se me olvida comunicarme.
—A mí no me engañas. Te he visto en línea estos últimos días.
Atrapada. Alessa ladeó la