A primera hora de la mañana, los sirvientes de la antigua residencia de la familia Fernández ya estaban inmersos en la vorágine de los preparativos. Decoraciones y linternas colgaban por todas partes, todo listo para la fiesta de cumpleaños del pequeño señorito Fernández.
Desde que regresó del templo ancestral el día anterior, Daniel se había encerrado en su estudio y aún no había salido.
Abrió un cajón. Dentro yacía un testamento.
Era el que su padre había dejado antes de morir, donde se estipu