—No tienes ningún derecho a cuestionar con quién decido acostarme. Tampoco vas a decirme dónde puedo hacerlo —le advirtió Aleron, empeñado en hacerla sufrir.
Snow bajó la mirada, pero aun así vio de reojo el cambio en la expresión de Verde. Su hermana había palidecido y apretaba el pañuelo con tanta fuerza que le temblaba entre los dedos.
Entonces comprendió que Aleron no solo actuaba por crueldad. Ver a Verde tan cariñosa con otro hombre le había herido el orgullo, y ahora quería provocarle los mismos celos que él llevaba tanto tiempo sufriendo.
¿Y qué pasaba con Snow? También era una mujer. ¿Había pensado él en lo humillante que era convertirla en un espectáculo delante de toda la corte, que observaba en silencio?
Los funcionarios apartaron la vista y procuraron que sus rostros no mostraran nada. Hasta los músicos dejaron de tocar. El salón quedó en un silencio que solo rompían el ruido de la tela al rasgarse y los sollozos de Snow. El llanto le cortaba la respiración. Intentó contenerlo, avergonzada de que todos pudieran oírla, pero no pudo.
Cuando Aleron terminó y se apartó de ella, conservaba la misma calma de antes. Su ropa estaba intacta y su dignidad también. A Snow, en cambio, le quedaba muy poco orgullo.
Se desplomó del trono como un objeto desechado, pero Aleron ni siquiera la miró antes de marcharse. Los sirvientes seguían con la vista apartada y fingían que allí no había pasado nada.
Snow permaneció en el suelo. Cerró los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas. La presión en la piel le dolía, pero no aflojó las manos. En ese momento comprendió qué era para Aleron: él no la veía como una mujer, ni siquiera como una persona.
Cuando terminó el banquete, apenas podía caminar de regreso a su cuarto. Avanzaba con pasos inseguros y las rodillas le temblaban, pero seguía adelante. Solo quería llegar a su cuarto y cerrar la puerta, lejos de quienes la habían visto en el banquete.
Un empujón en la espalda la lanzó al agua fría del lago.
—¡Ah! —gritó al caer.
El frío la envolvió apenas tocó el agua. Tragó agua al intentar respirar y movió los brazos con torpeza, desesperada por llegar a la orilla. Luchó hasta que logró agarrarse de las piedras del borde, pero otro empujón volvió a hundirla.
—Ayuda… —pidió con un hilo de voz antes de que sus palabras se perdieran bajo el agua.
Las fuerzas se le acababan y ya le costaba pensar. Antes de perder el conocimiento, distinguió una figura de pie junto al lago. Era Verde.
Snow despertó en una habitación lateral, en medio del silencio. Le ardía la garganta y respirar le dolía. Tomó aire despacio, con la boca entreabierta, y necesitó un momento para acostumbrarse al dolor antes de mirar a su alrededor. Verde estaba sentada a su lado, con un vestido precioso y unas joyas que le adornaban las orejas y se balanceaban con cada movimiento. Todo en ella parecía delicado y elegante.
—¿Ya despertaste? —preguntó Verde desde su asiento—. ¿De verdad crees que unas cuantas noches con su majestad te dan algún poder? Confundes su atención con cariño. Solo te usa para descargar su rabia. Cuando me perdone, me llevará a palacio. Ese día ya no habrá un lugar para ti a su lado, por mucho que quieras quedarte.
Snow abrió la boca para responder. Nunca había buscado el favor de Aleron ni deseado aquel supuesto cariño del rey, pero Verde no le dio tiempo a hablar. Levantó una mano y se dio una bofetada. El golpe resonó en la habitación.
—Yo solo estaba preocupada por ti, Snow —le reprochó Verde con los ojos llenos de lágrimas mientras miraba hacia la puerta—. ¿Cómo pudiste hacerme esto?
Snow se quedó con la respuesta en los labios. Aún intentaba entender aquella escena cuando la puerta se abrió de un empujón.
—¿Quieres morirte? —la amenazó Aleron al entrar, con el rostro endurecido.
—Yo no lo hice, majestad —se defendió Snow mientras se inclinaba ante él.
Snow siempre lo había sabido: Aleron le guardaba rencor a Verde por haberse casado con otro, pero no había dejado de amarla. Las circunstancias le habían impedido llevarla a palacio como reina. Al principio de su reinado no podía tomar por esposa a la mujer de otro hombre. Snow estaba convencida de que, cuando consolidara su poder, terminaría por convertir a Verde en su reina.
—¡Silencio! —rugió Aleron antes de voltearse hacia Verde—. ¡Déjanos solos!
—Pero, majestad, mi hermana… —murmuró ella tras vacilar, fingiendo que le preocupaba lo que pudiera ocurrirle.
—No te preocupes —le aseguró Aleron con frialdad—. Le haré pagar diez veces lo que te hizo.
—¿No es un castigo demasiado duro? —preguntó Verde con tono suave, con un brillo fugaz de satisfacción en los ojos.
Aleron no le respondió.
—Háganlo —ordenó a los sirvientes con un gesto de la mano.
Dos sirvientes se adelantaron, agarraron a Snow del cabello y la arrastraron fuera de la cama antes de empezar a golpearla. Las bofetadas resonaban en el silencio del cuarto.
La cara se le hinchó a golpes. La sangre se le deslizaba por las comisuras de los labios y la vista se le nublaba. Al final, se quedó sin fuerzas y se desplomó al suelo. Lo último que vio fue a Aleron salir de la habitación con Verde a su lado.
***
A la mañana siguiente, Snow se obligó a presentarse ante Aleron para atenderlo, como siempre. Mantuvo la cabeza baja mientras le servía de beber, pero él le vio la cara hinchada, frunció el ceño y arrojó la copa al suelo.
—¡Das asco! —le reprochó Aleron con frialdad—. Con la cara en ese estado, ni siquiera te pareces a ella. Vuelve a tu cuarto. No quiero tener que seguir viéndote así.
—Perdón, majestad. Me retiro —respondió Snow mientras hacía una reverencia.
Emmanuel fue tras ella y la llamó antes de que se alejara.
—Un momento, señorita Snow —le pidió al acercarse. Le ofreció un frasco pequeño—. Es un ungüento para tus heridas. Su majestad me lo entregó. Solo tengo este frasco, así que úsalo con cuidado.
—Gracias, señor Jefferson —murmuró Snow, conmovida mientras lo recibía.
Desde lejos, Aleron observó cómo se alejaba. Durante un buen rato no dijo nada y tampoco dejó ver lo que sentía.
—¿Por qué se complica así las cosas, majestad? —preguntó Emmanuel mientras miraba al rey—. Si de verdad se preocupa por ella, podría haberle dado el ungüento usted mismo.