—¡Silencio! —le gritó Aleron mientras golpeaba los papeles contra la mesa—. ¡No tienes derecho a meterte en mis asuntos!
—Perdón, majestad. Discúlpeme, por favor —se apresuró a decir Emmanuel mientras bajaba la cabeza.
***
De regreso en su cuarto, Snow se aplicó el ungüento frente al espejo. El remedio funcionó de maravilla: en solo dos días, las heridas de la cara mejoraron tanto que apenas se veían las marcas.
Aprovechó aquel raro descanso para reunir a escondidas las pocas pertenencias que pensaba llevarse. También cambió por dinero varias joyas que, en su situación, no le servían de mucho. Quería tenerlo todo listo para cuando llegara el momento de salir del palacio.
Al día siguiente, la reina madre mandó llamar a Aleron, a Verde y a William. Aleron llevó a Snow con él a la fuerza.
Cuando terminaron de comer, la reina madre se dirigió a su hijo.
—Han pasado tres años y sigues sin casarte —le recordó mientras lo miraba—. Ya es hora de que elijas una reina y tengas un heredero.
—Todavía no he conseguido que haya paz en todo el reino —respondió Aleron, haciendo girar la copa entre los dedos—. No tengo tiempo para pensar en casarme.
La reina madre suspiró, resignada. Llevaba tres años escuchando la misma excusa una y otra vez y no lograba hacerlo cambiar de opinión. Sabía muy bien cuál era el verdadero motivo de su negativa, así que miró a Verde.
—Señora Verde, también es hora de que tú y William piensen en tener un hijo —le aconsejó la reina madre.
Apenas terminó de decirlo, se oyó un ruido seco. La copa se había hecho pedazos en la mano de Aleron. Un hilo de sangre le recorrió la palma, pero él ni siquiera pareció notarlo.
Snow estaba sirviéndoles de beber. Aleron la atrajo hacia él sin avisar y la sentó en su regazo.
—Cúrame la herida —le ordenó al mostrarle la mano ensangrentada.
El olor de la sangre le llegó a la nariz. Todo empezó a darle vueltas y le dio una arcada antes de que pudiera contenerla. Asustada, bajó la cabeza en señal de disculpa, pero a la reina madre se le iluminó el rostro.
—¿No estarás embarazada? —preguntó con una sonrisa esperanzada—. ¡Llamen al médico real ahora mismo!
La expresión de Aleron cambió al instante. A Verde también se le borró la sonrisa y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Cuando el médico confirmó el embarazo, Snow sintió que todo se le venía encima. Estaba esperando un hijo de Aleron. Se le secó la boca. Miró al rey sin encontrar una sola palabra que decir.
—No se siente bien —declaró él con frialdad—. La llevaré a descansar.
Sin darles tiempo a protestar, se la llevó. De regreso en el cuarto de Snow, dejó un tazón delante de ella.
—Bebe —le ordenó sin apartar los ojos de su rostro.
Snow tomó el tazón con ambas manos. Le temblaban los dedos y lo apretó con fuerza para que no se le resbalara. No podía negarse a una orden del rey. Se lo llevó a los labios y bebió.
Un dolor insoportable le atravesó el vientre. Se desplomó, incapaz de prestar atención a nada más, y sintió la sangre correr entre sus piernas. La agonía estuvo a punto de hacerla perder el conocimiento. Intentó tomar aire, pero no conseguía concentrarse en nada ni distinguir bien lo que tenía delante.
Por un instante, creyó ver algo parecido al arrepentimiento en los ojos de Aleron. Tenía que habérselo imaginado. ¿Cómo iba él a compadecerse de ella? Siempre había amado a Verde.
Aleron esperó a que el médico real confirmara que Snow había perdido al bebé. Solo entonces salió del cuarto con los demás.
La puerta acababa de cerrarse cuando Verde entró con varios sirvientes.
—Cierren con llave —ordenó con frialdad, sin apartar la mirada de Snow.
Snow no tuvo tiempo de reaccionar. Verde le dio una patada en el vientre.
—¡Ah! —gritó Snow al doblarse de dolor.
No podía enderezarse. Un sudor frío le empapó la ropa, pero Verde no se detuvo. La agarró del cabello y le levantó el rostro a la fuerza, incapaz ya de mantener su apariencia serena. Snow apretó los dientes; no podía apartarse sin que el tirón le doliera todavía más.
—¡Desgraciada! —le gritó—. ¡¿No has aprendido nada?! ¡¿Cómo te atreviste a quedar embarazada de su majestad?!
Snow negó con la cabeza, sin fuerzas. Las lágrimas se le mezclaban con el sudor que le cubría la piel por la fiebre y el cansancio.
—Yo no quería que esto pasara… —se defendió con un hilo de voz—. No pude evitarlo…
Verde no quiso escuchar más. Su expresión se endureció al voltearse hacia los sirvientes.
—Asegúrense de que no pueda volver a quedar embarazada —les ordenó sin vacilar.
Los sirvientes se ensañaron a golpes con Snow. El dolor la superó y, al poco rato, volvió a perder el conocimiento.
Cuando despertó, el cuarto estaba vacío. Permaneció tumbada un buen rato, sin moverse. Después se llevó las manos temblorosas al vientre y las lágrimas le corrieron por las mejillas en silencio. Mantuvo las palmas allí, sin atreverse a presionar la piel dolorida.
Quizá fuera lo mejor. Su hijo no merecía llegar a un mundo como aquel. Tal vez así se había librado de conocer tanta crueldad.
Durante los días siguientes, Aleron no volvió a mandarla llamar a su dormitorio. No fue a verla ni preguntó por su estado. Parecía haberla olvidado por completo.
Hasta que un día entró en su cuarto sin avisar. Se fijó en las hojas desperdigadas sobre el escritorio. En todas, Snow había repetido una y otra vez la misma palabra: «Irme».
—¿Quieres irte? —preguntó Aleron con el rostro endurecido. Agarró las hojas y las hizo pedazos delante de ella. El papel crujió entre sus dedos—. Quítate esas ideas absurdas de la cabeza, Snow. Aunque huyas hasta el fin del mundo, voy a encontrarte.