La voz de Aleron sacó a Snow de su aturdimiento. La espalda se le empapó de sudor frío. Necesitaba convencerlo de que no había dicho aquello en serio. Con un gran esfuerzo, logró incorporarse antes de responder.
—Estaba delirando por la fiebre. No sabía lo que decía —se apresuró a explicar con una voz débil que no dejaba de temblar—. Me sentía tan mal que pensé que iba a morirme.
—Pues a mí me parece que estás muy bien —replicó Aleron tras mirarla con frialdad y resoplar con desprecio.
Sin añadir nada más, se volteó y salió del cuarto. Cuando la puerta se cerró tras él, Ametsa perdió el control.
—¡¿Cómo te atreves a seducir a su majestad?! ¡Voy a matarte! —gritó antes de lanzarse contra ella.
La agarró del cabello y la estrelló contra uno de los postes de la cama. Snow sintió que la habitación le daba vueltas. Quiso levantar los brazos para protegerse, pero su cuerpo no le respondía. Ni siquiera tuvo fuerzas para alzar una mano.
Ametsa no le dio tiempo a recuperarse. La abofeteó una y otra vez y le arañó la cara con las uñas.
—¡¿De verdad crees que le importas a su majestad?! ¡No eres más que un juguete para él! —gritó Ametsa antes de darle una patada en el pecho.
El dolor fue insoportable. La vista de Snow se oscureció y volvió a perder el conocimiento.
Al despertar, lo primero que oyó fueron unos gritos desesperados que venían del patio.
—¡Majestad, ya entendí mi error! ¡No volverá a pasar! ¡Tenga piedad de mí, por favor! —suplicaba una mujer al otro lado de la ventana.
Snow se obligó a levantarse de la cama. Con las piernas todavía débiles, fue hasta la ventana y miró hacia abajo. Ametsa estaba atada a un banco mientras dos sirvientes la azotaban. Tenía las nalgas cubiertas de sangre y cada vez gritaba con menos fuerza.
Aleron permanecía apartado de los demás, con las manos a la espalda. El viento movía los pliegues de su túnica, pero él seguía inmóvil, como una estatua.
—De verdad que eres inútil —le reprochó al voltearse hacia la ventana y descubrir que Snow lo observaba. Había desprecio en su mirada.
Entró en el cuarto y se acercó a ella con el ceño fruncido.
—¿Por qué no dijiste nada si te estaban tratando así? —le reclamó sin suavizar el gesto.
—Perdón —murmuró Snow mientras hacía una profunda reverencia.
Aleron la sujetó de la barbilla y le levantó el rostro para obligarla a mirarlo. Snow sintió la presión de sus dedos en la piel, pero no se atrevió a apartarse.
—No olvides cuál es tu lugar —le advirtió sin soltarla—. Eres un juguete que los Lakefield me entregaron. Nadie tiene derecho a hacerte daño excepto yo.
—Como usted ordene —respondió Snow en voz baja.
Sus palabras le dieron escalofríos. Lo sabía: Aleron no quería perder el juguete con el que se desquitaba cada vez que estaba furioso.
Al comprobar que Snow ya no corría peligro, Aleron se volteó para salir.
—Ven conmigo. Me atenderás en el estudio —le ordenó antes de marcharse.
Snow lo siguió y preparó con cuidado los libros y los materiales para escribir que le había pedido. Pero la herida de la mano se le abrió de nuevo y una gota de sangre cayó sobre el pergamino.
Aleron frunció el ceño. Con un gesto de fastidio, le arrojó a la frente un pequeño paquete de ungüento. El paquete la golpeó con un ruido seco y le dejó una marca roja antes de caer al suelo.
—¡Fuera! ¡Ni siquiera puedes cumplir una orden tan sencilla! ¡No sirves para nada! —le gritó mientras la miraba con irritación.
Snow se agachó a recoger el paquete. La frente le ardía justo donde la había golpeado el paquete, pero no dijo una palabra.
—Durante los próximos dos días no vendrás a mi dormitorio —continuó Aleron—. En su lugar, te encargarás de los preparativos del banquete del Festival de la Cosecha. Si cometes el más mínimo error, haré que te ejecuten.
—Como usted ordene, majestad —respondió Snow con una mano en la frente dolorida. Hizo una reverencia y se retiró.
Se aplicó el ungüento, atendió la herida de la mano y se dedicó de lleno a los preparativos del banquete. Poco después, Emmanuel se acercó para hablar con ella, pero dudó un momento antes de decir algo.
—No te preocupes, señorita Snow —le aseguró al verla—. Su majestad te puso a cargo del banquete porque vio que tenías la mano herida. Si de verdad estuviera molesto contigo, no te habría dejado ir tan fácil.
—Debe de estar bromeando, señor Jefferson —susurró Snow mientras negaba con la cabeza.
Aleron solo le había mostrado rencor. ¿Cómo iba a sentir lástima por ella? La había echado porque no toleraba su torpeza, nada más. Al ver que no la convencía, Emmanuel suspiró y no insistió.
Dos días después se celebró el banquete del Festival de la Cosecha. Los funcionarios de la corte llegaron acompañados de sus esposas y fueron ocupando los lugares que les habían asignado.
Entre ellos estaban Verde y su esposo, William Tavron, el cuarto príncipe. Entraron de la mano, sin ocultar el cariño que se tenían. Después de sentarse, William alisó con cuidado los pliegues del vestido de Verde. Quienes los veían no podían evitar admirar cuánto cariño se demostraban.
—¡Su majestad, el rey Aleron! —anunció Emmanuel con una voz que resonó por todo el salón.
Todos los presentes se pusieron de pie y se inclinaron ante él. Snow entró detrás de Aleron. El rey avanzaba tranquilo, sin mostrar ninguna emoción, pero ella notó que su atención estaba en otra parte: miraba a Verde y a William. Estaba celoso, aunque sabía disimularlo muy bien.
El banquete transcurrió sin incidentes, pero el gesto de Aleron se endurecía conforme avanzaba la noche. Entonces atrajo a Snow hacia él sin darle tiempo a reaccionar.
El pánico se apoderó de ella. Cuando Aleron le desgarró la ropa sin contenerse, Snow comprendió lo que pretendía hacerle. Estaban delante de toda la corte. Se le secó la boca y tuvo que esforzarse para hablar.
—Majestad… Aquí no… —suplicó en un susurro, con la voz temblorosa.