Cuando León despertó, ya era tarde; el sol comenzaba a esconderse tras el horizonte. La luz era suave y tenue, y al abrir los ojos, se dio cuenta de que lo habían colocado en la que antaño era nuestra habitación. La manta que lo cubría aún llevaba el aroma a vainilla, ese que yo tanto solía usar. El perfil de la persona a su lado, con el cabello largo y suelto, le resultaba familiar.
—María... —sintió un fuerte latido en el pecho y sin pensarlo, la atrajo hacia él, abrazándola.
—¡Volviste! —susu