Antes de irme, le envié mi último mensaje:
«Alfa León, mi hijo y yo nos hemos ido. Te deseo mucha felicidad en tu nueva vida. Que nunca más nos volvamos a ver.»
Después de enviarlo, cerré mi cuenta y, con la mano temblorosa, hundí el celular en el lago.
Mientras tanto, León seguía en medio de la ceremonia. De repente, un dolor punzante atravesó su pecho. Rápidamente, miró el mensaje en su celular, y un terror helado lo invadió por completo. Su mente se nubló con un mal presagio, por lo que,