La estaba lastimando, sus movimientos eran como los de un animal indefenso, herido, acorralado.
Callie se acercó a ella, no podía apartar los ojos, ni siquiera cuando la tía Rosa se dirigió a mí para saludarme, luego María abrió la puerta principal y anunció su llegada como la maldita lapa que era.
Una lapa que quizás podría salvarme esta noche.
Pero su llegada fue lo que hizo que los ojos de Clío finalmente se fijaran en los míos. Al instante, todo el ruido se apagó, todas las figuras a mi alre