—¡No te atrevas, maldición! —el feroz gruñido de Lucas quizás me habría detenido en cualquier otro momento, cuando no se tratara de una situación de vida o muerte.
Pero no había nada que él pudiera hacer o decir, para detenerme de hacer esto.
Al dar un paso más cerca, Lucas agarró firmemente mi muñeca y me jaló, haciéndome chocar con su pecho firme. Él tenía miedo, lo sabía... y yo también. Tenía miedo de perder a mi papá y de arrepentirme para siempre si no lo intentaba.
—Lo voy a hacer, sé que