Al caer la tarde, la familia Lane tenía listo un auto para llevarlos al restaurante. Nelson, Irene y Sinead se sentaron juntos en la parte de atrás. Nelson, ubicado en el medio, no se despegó de Irene durante todo el trayecto. Le ajustó el aire acondicionado, le buscó una manta, le ofreció agua y hasta le destapó la botella. Sinead, quien estaba a la izquierda, miraba en silencio por la ventana.
Apenas iban a mitad de camino empezó a llover con fuerza. La carretera estaba oscura y el vehículo que venía de frente llevaba las luces altas encendidas. En una bajada, el conductor quedó cegado por el fuerte resplandor y no logró tomar la curva a tiempo, por lo que se estrelló contra la barandilla de contención. En ese instante, Nelson reaccionó por reflejo y abrazó a Irene para protegerla.
El impacto resonó. El cristal de la ventanilla estalló hacia adentro. Sinead, sentada de ese lado, se estrelló contra los vidrios rotos y quedó bañada en sangre. El dolor fue atroz. Sentía como si se estuviera muriendo.
Desorientada, vio abrirse la puerta del lado derecho. Nelson bajó tambaleándose con Irene en brazos. La consolaba con ternura a la vez que llamaba a una ambulancia con el teléfono pegado a la oreja. Parecía haber olvidado por completo que había alguien más dentro del auto. No volteó ni una sola vez.
Llegó la primera ambulancia. Los paramédicos informaron que debían atender primero a quien tuviera las heridas más graves. Frente a una Sinead tirada en un charco de sangre y una Irene apenas aturdida entre sus brazos, él no dudó un segundo en subir al vehículo de emergencias e irse al hospital.
Al ver la ambulancia perderse bajo la lluvia, los ojos de Sinead se nublaron poco a poco y finalmente lloró.
“Nelson...”, pensó. Al final, su relación de tantos años no pudo competir con una simple mirada de pánico de Irene.
Los párpados le pesaron cada vez más y el dolor empezó a disminuir. No aguantó lo suficiente como para esperar a la siguiente ambulancia, pues perdió el conocimiento.
***
No supo cuánto tiempo pasó antes de escuchar un murmullo de voces. Cuando abrió los ojos, se encontró a Liana con una mano en el pecho y una expresión angustiada. Al verla reaccionar, su madre soltó un suspiro de alivio.
—¡Menos mal que despertaste, Sinead! Casi te desangras. Eran tres en ese auto... ¿Cómo puede ser que esa muchacha apenas tenga un raspón y tú por poco te nos mueres?
Jackson soltó un largo suspiro y le dio un trago a su vaso de agua.
—Porque Nelson la cubrió a ella, claro. Irene quedó muy conmovida al ver cómo la protegió en pleno choque. Acabo de pasar por la habitación de al lado y hasta vi a Nelson dándole de comer con una cuchara. Si me preguntas, por cómo se miran, esos dos ya son novios.
Sinead escuchó en silencio.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —preguntó con voz ronca cuando terminaron de hablar—. ¿Ya están listos los papeles para irnos?
—Fueron dos días, ¡y casi nos matas del susto! No te preocupes por eso, todo estará listo en unos veinte días. Tú solo concéntrate en recuperarte —respondió su padre.
Al enterarse de que faltaba menos de un mes para irse, Sinead sintió un gran alivio.
Durante los tres días siguientes, las enfermeras no pararon de comentar todo lo que Nelson hacía por Irene en la habitación contigua. No la dejaba sola ni un momento y si la escuchaba toser a mitad de la noche corría a pedirle agua a las enfermeras. Estaba pendiente de cada detalle, hasta le llevaba sus dulces y antojos favoritos para consentirla. Como si fuera poco, le conseguía libros y juegos para que se distrajera cuando estaba aburrida.
Sinead escuchaba todo sin pronunciar palabra por mucho que le doliera.
Días después, mientras una enfermera la llevaba en silla de ruedas por el pasillo para una revisión de rutina, un alboroto llamó su atención. Al pasar frente a la habitación contigua, giró la cabeza y vio a Nelson de pie con un enorme ramo de rosas, declarándose ante Irene.
—Me enamoré de ti a primera vista hace ocho años. Cuando estudiábamos, yo provoqué todas esas coincidencias. Te conozco muy bien, desde lo que te gusta hasta tus sueños. En aquel momento nunca me atreví a decírtelo, pero ¿me darías una oportunidad ahora?
Al escuchar el tono nervioso y anhelante de su voz, Sinead no pudo evitar recordar que Nelson ya preparaba esa misma declaración un mes antes de que Irene se fuera al extranjero. En ese entonces, no pudo hacerlo por una mala jugada del destino, pero por fin el momento había llegado.
Cuando Sinead escuchó que Irene aceptaba, soltó un suspiro amargo y continuó hacia la sala de exámenes. Apenas se dio media vuelta, la gente en el pasillo comenzó a aplaudir. Nelson giró la cabeza en ese instante y alcanzó a verla alejándose. La sonrisa en su rostro se congeló y sintió una extraña incomodidad en el pecho. Sin embargo, le duró apenas un instante antes de quedar sepultada bajo su alegría. Sin dudarlo más, abrazó a Irene.