Capítulo 4
Esa noche, Sinead abrió la aplicación de viajes y buscó un vuelo directo desde la ciudad de Costaluna hacia Valle Verde, una importante metrópoli de Iberia. Apenas terminó de comprar el pasaje, Nelson entró a la habitación junto con Irene.

—Sinead, ¡tengo una buena noticia! Irene aceptó ser mi novia. Eres la primera a la que se lo cuento. Soy un buen amigo, ¿verdad?

Al ver sus manos entrelazadas, Sinead asintió.

—Felicidades —dijo con calma.

Irene tenía una mirada llena de felicidad mientras sonreía tímidamente.

—Gracias. Tu mamá me dijo que estabas muy lastimada. ¿Cómo te sientes? Te traje algo de comer. ¿Por qué no lo pruebas?

Mientras hablaba, le hizo señas a Nelson para que sirviera el estofado de mariscos. Sinead se quedó paralizada por un segundo al verlo obedecer cada una de sus indicaciones.

—Gracias, pero no.

La expresión de Nelson cambió de golpe y la miró con molestia.

—Irene misma lo cocinó. Al principio yo ni pensaba traerte nada, pero ella estaba tan preocupada por cómo quedaste que acepté traerte un poco. ¿Y sales con esto? ¡Eres una desconsiderada!

Llenó un tazón y se lo metió a la fuerza entre las manos para obligarla a comer. Sinead intentó explicarle, pero él la sujetó bruscamente por la muñeca y, en el forcejeo, el recipiente se volteó. El estofado caliente cayó directo sobre su herida.

Sinead soltó un grito desgarrador. El ardor fue tan insoportable que un sudor frío le cubrió la frente mientras su rostro se contraía y palidecía. Irene se sobresaltó. Llena de culpa, tomó varias servilletas de papel para intentar limpiarla. Sin embargo, Nelson la apartó de inmediato para protegerla detrás de él por miedo de que se quemara.

—No es tu culpa, Irene. No es nada grave y ella siempre ha sido fuerte. No te sientas mal.

A Sinead le temblaban los dedos mientras sostenía el papel contra la piel y un nudo le cerraba la garganta. En ese instante, Jackson abrió la puerta. Al ver que la herida de su hija volvía a sangrar a través del vendaje, empalideció y salió de inmediato a llamar a una enfermera.

Angustiada, Liana apartó el tazón volcado sobre la mesita y limpió el desastre, obligándose a tener paciencia. Luego miró a Irene y le explicó con una sonrisa forzada:

—Sinead es alérgica a los mariscos, no puede comer esto. Pero agradecemos la intención.

Nelson se quedó desconcertado, con una expresión tensa.

—¿Por qué no me dijiste nada?

Al mirar las gasas teñidas de rojo, a Sinead solo le quedó un sabor amargo en la boca. En el pasado, él siempre recordaba lo que ella no podía comer y cada vez que iban a un restaurante, se lo repetía a los meseros: nada de mariscos, cebollín ni cilantro. Pero ahora que estaba con Irene, ya no recordaba esos detalles, pues en su corazón solo había espacio para la persona que realmente amaba.

Luego de unos segundos en silencio, Sinead forzó una sonrisa.

—Ni siquiera me diste la oportunidad de hablar.

La habitación quedó en absoluto silencio. Irene parecía a punto de echarse a llorar por la culpa. Aunque a Nelson le partía el corazón verla así, no dijo nada y simplemente se fue con ella.

***

Sinead tuvo que quedarse tres días más en el hospital debido a una infección en la herida. Conforme se acercaba la fecha de su mudanza, los Green estaban tan ocupados empacando que ya no tenían tiempo de nada. Por eso, prepararon un buen regalo y le pidieron a Sinead que lo llevase a la casa de los Lane.

Apenas cruzó la puerta, los padres de Nelson, Kenny y Opal, la tomaron de las manos y comenzaron a disculparse.

—¡Lo sentimos tanto, Sinead! No podemos creer que Nelson solo protegiera a Irene y que tú terminaras tan lastimada en el accidente. Qué vergüenza contigo. Haremos que te pida perdón.

Sinead negó con la cabeza y habló con voz serena para tranquilizarlos:

—Irene es la novia de Nelson, tenía que protegerla. Yo ya estoy bien, así que por favor no se preocupen.

Al notar que de verdad no parecía molesta, Kenny y Opal al fin dejaron de sentirse tan culpables. Después de conversar unos minutos, Sinead les contó que la familia Green se mudaría al extranjero.

Ambos la miraron desconcertados por la noticia.

—¿Por qué tan de repente?

—Por los cambios recientes en la empresa. La verdad es que empezamos los preparativos hace medio año y apenas confirmamos la fecha. Mis padres me pidieron que viniera a avisarles.

A Kenny y Opal les dolía ver partir a sus amigos de toda la vida.

—¿Van a volver algún día? —preguntó Kenny, con pesar.

Sinead sonrió.

—No. —En la tranquilidad de la sala, su voz sonó clara y firme—. No vamos a regresar.

Justo en ese momento, Nelson entró a la casa. Se quedó mirándolos con el ceño fruncido.

—¿Quién no va a regresar?

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