NO molestar al gigante
NO molestar al gigante
Por: AliceG
Capítulo 1: La Huida

​—No vas a comer un solo bocado hasta que reflexiones, ¿me oíste? —gritó Daniel, tirándome al suelo del vestíbulo de un empujón seco.

​El golpe contra el suelo de mármol resonó en toda la entrada. Me dolía el cuerpo entero. Llevaba tiempo luchando contra un desorden hormonal severo que había cambiado mi cuerpo por completo: mis caderas se ensancharon, mis muslos se volvieron pesados y mi pecho aumentó mucho de volumen.

​Pero para Daniel, mi prometido, mi estado de salud no le importaba. Para su ego narcisista, mi cambio físico era una vergüenza.

—¡Deja de lloriquear! —se burló, aflojándose la corbata mientras me miraba con asco—. No tienes ninguna enfermedad. Lo que pasa es que eres una tragona sin control. ¡Eres una fracasada de m****a que arruina todo a su paso!

​Acabábamos de regresar de la cena de su empresa. Apenas cruzamos la puerta, empezó el infierno. Me había pasado toda la noche intentando no llamar la atención, escondida en un vestido oscuro que él mismo me obligó a usar para disimular mi cuerpo.

​—¿Por qué me haces esto, Daniel? —le rogué entre lágrimas, encogiéndome en el suelo con mi pequeño metro sesenta—. Yo no busqué que esto me pasara...

​—¡Porque me avergüenzas! ¡Te la pasaste pegada a la mesa de la comida toda la noche! —gritó fuera de sí. Dio un paso y me lanzó una patada en el costado derecho que me sacó todo el aire con un dolor tremendo—. ¡Mis socios se burlaron de mí! ¡Dijeron que ahora tengo una vaca por prometida!

​—¡Es mentira! —sollocé, cubriéndome la cara—. ¡Solo tomé un bocadillo porque no había comido nada en todo el día! Me estaba mareando...

​—¡Cállate la boca! —me cruzó la cara con un manotazo brutal que me reventó el labio inferior. La sangre caliente me llenó la boca.

​Se tiró encima de mí en el suelo, dándome golpes con los puños cerrados en los brazos, la espalda y el vientre mientras yo me hacía una pelota para protegerme. Me dolieron los golpes, pero me dolió más escuchar su voz envenenada pegada a mi oreja:

​—Agradece que no te mato a golpes aquí mismo... porque estás tan pesada que ni siquiera podría sacarte de la casa en una maleta sin dañarme la espalda.

​Un frío helado me recorrió la espalda. Vi la locura en sus ojos y entendí que esta vez Daniel me iba a matar en el suelo de ese vestíbulo.

​El pánico apagó el dolor. Con las pocas fuerzas que me quedaban, estiré la mano a ciegas por el suelo hasta que mis dedos tocaron la base pesada de un jarrón de cerámica. Lo agarré con fuerza y se lo estrellé con rabia en el lado de la cabeza.

​El impacto fue seco. Daniel soltó un grito de dolor, llevándose las manos a la cabeza mientras la sangre le salía entre los dedos.

​No lo pensé ni un segundo. Me levanté como pude, agarré las llaves de mi camioneta que estaban sobre la mesa y salí corriendo al garaje. Subí al auto temblando, encendí el motor y aceleré a fondo hacia la carretera sin mirar atrás.

​Manejé durante horas sin rumbo fijo, subiendo hacia las montañas aisladas cerca de la frontera con Alaska. Lo único que quería era alejarme lo más posible de él.

​A mitad de la madrugada, una tormenta de nieve tremenda cayó sobre la montaña. No se veía nada y el camino congelado era muy peligroso. El motor de mi camioneta empezó a fallar hasta que la batería murió por completo, dejándome atrapada en medio del bosque, a oscuras y con un frío terrible.

​Sin calefacción, el frío me congeló en minutos. Salí del auto buscando algún refugio o una casa cerca. Caminé a ciegas entre la nieve alta, hundiéndome a cada paso. Mis medias rotas no me protegían nada; el hielo me cortaba la piel de los pies y me adormecía las piernas. El dolor en mis costillas golpeadas era insoportable.

​Tropecé con una raíz y me caí por una pequeña colina, golpeándome contra las rocas. Tirada de espaldas en la nieve, mirando el cielo oscuro mientras la tormenta me cubría, sentí que mi cuerpo no daba más. Las fuerzas se me terminaron.

​Arrastrándome los últimos metros sobre la nieve, vi a lo lejos una enorme cerca de hierro negro con alambre de púas. Detrás de los barrotes, vi la silueta de una casa de piedra y a un hombre gigantesco parado cerca de la entrada.

​—Por favor... ayúdeme... —susurré con la voz rota por el frío y el llanto, estirando una mano temblorosa hacia la reja antes de que todo se volviera negro.

​El gigante caminó hacia el portón. Era un hombre imponente, de hombros anchos, barba pesada y una mirada seria. Llevaba una chaqueta pesada y un rifle cruzado a la espalda. Al ver a la mujer pequeña, golpeada y llena de sangre tirada en su entrada, se quedó sorprendido por un segundo.

​Tocó un botón y el portón se abrió. Se agachó a mi lado con cuidado, como si tuviera miedo de lastimarme más. Pasó sus brazos gigantescos debajo de mi cuerpo y me levantó de la nieve con una facilidad increíble. Su cuerpo botaba un calor tan fuerte que me dio un temblor en todo el torso.

​Me llevó dentro de la casa, dejando atrás la tormenta. Me acomodó con mucha delicadeza sobre una cama grande en una habitación cálida.

​Cuando abrí un poco los ojos, lo vi parado a un par de metros. Se veía torpe, casi incómodo con su gran tamaño al lado de alguien tan frágil. Tenía los brazos llenos de tatuajes oscuros, pero su mirada no era mala; se veía reservado, tímido y preocupado en silencio.

​Se aclaró la garganta, evitando mirarme directo a los ojos para no asustarme.

​—Estás a salvo —dijo con una voz gruesa y baja, pero suave—. Es mi casa. Nadie entra aquí.

​Tomó un tazón con agua tibia, una toalla limpia y un frasco de antiséptico de la mesa y los dejó con cuidado en el borde de la cama, manteniendo su distancia.

​—Voy a traerte una cobija seca y algo caliente —murmuró, dando un paso atrás—. Quédate tranquila. Aquí nadie va a hacerte daño.

​Salió de la habitación caminando en silencio y cerró la puerta despacio, dejándome en medio del calor del cuarto mientras yo empezaba a llorar de puro alivio.

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