DAMIÁN
—Lo siento mucho, mi amor, juro que hice hasta lo imposible; claro que te extraño, no tienes idea cómo esto me está destrozando, debería estar ahí contigo abrazándote como todas las noches. No llores, por favor, que no te hace bien y tampoco a nuestros hijos.
¡Maldita sea! No puedo creer cómo al final tuve que venir a este maldito país; aún recuerdo cuando González me lo dijo.
—Lo siento, Damián, tendrás que viajar; al final no se pudo evitar, mira esto.
—¿Qué estás diciendo? Se supone q