XXVII
—Por Dios mujer, ya deja de llorar.
En la azotea de su hotel, estaba Jasha, sentado de forma peligrosa al borde del abismo, con la clara intensión de querer lanzarse, o al menos eso creía Ekaterina. Lo había seguido por horas, llorando como si hubiese muerto alguien. Así había sido, dos corazones muertos en una sola noche, y una resurrección. La mujer seguía histérica y le jalaba constantemente para que regresaran y hablaran con Kanzaki. Para ella, ese no podía ser el joven japonés, para