XVIII
Kei, con un morral al hombro, bajaba a toda prisa las escaleras del aeropuerto. Necesitaba echarse a correr para tomar el taxi que lo llevaría al poblado de la Toscana donde por segundos recuperaba la felicidad, donde su cuerpo volvía a nacer, donde ya no tenía que actuar, donde era feliz por unas horas. El amanecer estaba precioso, era muy temprano aún y el sol apenas se asomaba, pero sabía que debían aprovechar el tiempo lo mejor posible. Algunos lo reconocieron y tuvo que fingir que no