—¿Señor Cruz? —preguntó Diana—. ¿Te refieres a Sebastián Cruz?
Lya asintió.
—Así es, señorita Castro, el mismo de Capital Inversiones.
Para ese momento, Lya ya había llegado al auto, cuya puerta se abrió automáticamente, revelando lentamente el perfil de Sebastián.
Él giró la cabeza y, en ese instante, nuestras miradas se cruzaron. Sentí que caía en la fría arrogancia de su mirada.
Hoy, Sebastián parecía distante, de mal humor.
Llevaba un traje negro impecable, con el cabello perfectamente peina