Diana me pasó una servilleta mientras se reía.
—Cariño, has trabajado con Sebastián un buen rato, ¿cómo es que sigues siendo tan asustadiza?
—¿Soy yo la miedosa o es que tus ideas son demasiado descabelladas? —Agarré su brazo con seriedad—. Diana, ¡ni se te ocurra hacer tonterías!
—Te estoy tomando el pelo. Tranquila, mira lo nerviosa que te has puesto.
—Hay cosas que ni en broma se dicen. ¡Ni siquiera deberías pensarlas! —Mi tono fue firme.
Diana me dio un suave tirón en la mejilla.
—Lo sé, lo