Dios es testigo, nunca había sido tan venenosa con nadie. Pero Juana se lo merecía.
A pesar de mis palabras, Juana, con su temple de acero, no se dejó afectar. Se acercó a mí y, en voz baja, me dijo.
—Sofía Rodríguez, recuérdalo bien. Cualquier cosa que te guste, me aseguraré de quitártela. Y si no puedo tenerlo, lo destruiré. Si yo no lo puedo tener, tú tampoco.
Sus palabras me dejaron perpleja. Con voz fría, le pregunté.
—¿Por qué me odias? No nos conocemos. Si tienes algún problema, ve al méd