La batalla se alargaba más de lo que nadie había anticipado. La luz de la luna caía como una sombra sobre el campo de guerra, iluminando los rostros cansados y cubiertos de sudor, sangre y polvo. El rugido de las espadas chocando, el sonido de los cascos de los caballos y el retumbar de las catapultas eran los únicos ecos que llenaban el aire. Isabella y Alejandro no podían detenerse, sus cuerpos agotados, pero su voluntad era más fuerte que cualquier fatiga.
Los dos se movían con destreza, luc