Rodrigo Villalba ingresó a la sala desde la cocina con el aplomo de quien se cree aún dueño de todo, aunque por dentro estuviera carcomido por el miedo. La casa estaba silenciosa, salvo por el murmullo lejano de la lluvia golpeando las ventanas y el sonido tenue de cubiertos siendo colocados sobre la mesa del comedor por el personal de servicio. En sus ojos se leía una calma fingida, una máscara cuidadosamente construida para ocultar la tormenta interna que lo devoraba.
—Vaya… —dijo con tono ca