Rodrigo Villalba permanecía sentado en el sillón de su despacho, las manos aún apoyadas sobre el rostro, pero ya no derrotado como un niño, sino inmóvil, calculador, con los ojos abiertos tras las sombras de sus dedos. Sentía miedo, sí, pero ese miedo comenzaba a mutar, a transformarse en rabia. En una necesidad animal de no ser vencido. Su mente, perversa y entrenada en la manipulación, comenzaba a trabajar a toda máquina.
“No puedo permitirme caer. No ahora. No como un viejo patético llorando