—Ah, señorita Duarte —dijo él con una sonrisa tensa, como si hubiera sido sorprendido en un acto indebido—Solo revisaba que todo estuviera en orden. Ya sabe, me preocupa la salud de mi esposa.
Elena asintió lentamente, pero su intuición le gritaba que algo no estaba bien. Y que su presencia allí tenía claras motivaciones. O mejor, muy oscuras motivaciones. Había algo calculador en la forma en que Rodrigo Villalba sostenía el frasco, como si estuviera decidiendo algo más allá del simple bienest