Mi cuerpo está cansado de verdad; los músculos aún resienten cada ola del catamarán, y mis labios duelen de tanto forzar sonrisas que no siempre sentí auténticas. Charlotte y Camila me habían agotado de maneras distintas. La primera con su constante evaluación silenciosa, la segunda con su risa estridente y sus comentarios que no lograban ocultar la burla. Aun así, cuando nos despedimos de Alexis y Charlotte, sentí algo parecido a contemplar el Edén. La falsa calidez de su abrazo, la falta de s