SUS ojos se agrandaron tanto que casi se salen de sus órbitas. Su pecho subía y bajaba agitadamente mientras se inclinaba hacia adelante sobre sus muslos, presionando sus palmas con fuerza contra la madera pulida.
—¿Tú qué? —preguntó ella, con una voz cargada de choque y furia—. ¿Quieres ser esposa? ¿De alguien que ya tiene una esposa?
Vivian se recostó contra el sofá, con los hombros relajados como si hubiera ensayado esta conversación cien veces en su cabeza. Una mueca lenta tiró de la comisu