ADRIAN regresó a casa, con sus pasos arrastrándose como si cada uno cargara el peso de mil ladrillos. La puerta crujió al abrirse y cerrarse tras él, y el silencio de la casa lo oprimió como una manta asfixiante.
Se dirigió lentamente hacia la sala.
Allí estaba ella: Amelia.
Sentada en el sofá, con la cabeza apoyada en el reposabrazos, en una postura de agotamiento y derrota. No se parecía en nada a la mujer fuerte y vibrante con la que se había casado. Ahora era una sombra de sí misma, con los