LA MAÑANA siguiente se coló suavemente, con la luz del sol filtrándose a través de las persianas de la casa suburbana. Los pájaros gorjeaban afuera, y sus cantos perforaban la tranquila quietud del amanecer. Por una vez, Adrian no estaba en la cama ni encorvado sobre su teléfono revisando correos electrónicos. Estaba en la cocina, con las mangas arremangadas y un delantal atado cuidadosamente a la cintura. El delantal era blanco con letras azul oscuro desgastadas que decían: "El mejor papá del