Apenas crucé la reja de la casa, Gustavo me alcanzó.
Sacó unos billetes arrugados del bolsillo y me los extendió.
—Trescientos. No es mucho, pero te alcanza para sobrevivir unos días. Ya cuando se te pase el berrinche, vuelves con la cabeza baja, pides perdón y todo vuelve a la normalidad.
Ese dinero... para Beatriz no alcanzaría ni para el brunch que pide cada fin de semana.
Justo en ese momento, ella también se acercó. Le quitó los billetes a Gustavo con una sonrisa tranquila, casi dulce.
—Ay,