Manuel no pensaba contestar, pero algo dentro de él —ese tipo de impulso que no se explica— lo llevó a presionar el botón y poner el altavoz.
—Buenas tardes, señorita. Queríamos saber si todavía está interesada en la parcela del cementerio que visitó. Con solo el cinco por ciento del monto podemos seguir reservándola para usted...
—¿Señorita? ¿Hola?
En cuanto escuchó la palabra cementerio, Manuel sintió un golpe seco en el pecho.
La voz le tembló cuando habló:
—Entonces... no lo escuché mal aque