Ni siquiera la dejó terminar.
Fuera de sí, Manuel agarró el cinturón y, sin pensarlo dos veces, lo descargó contra ella con toda la rabia acumulada.
El golpe seco retumbó en toda la casa.
La marca apareció al instante en el rostro de Beatriz.
Su cuerpo temblaba, los labios se le pusieron blancos, pero los ojos seguían ardiendo de ira.
En ese momento lo entendió: ya no podía esconderse detrás del papel de niña indefensa, ya no tenía refugio. Se había quedado sin salidas.
Se quedó quieta, sin de