En la universidad, Manuel y Gustavo dejaron de darme dinero. Le creyeron a Beatriz cuando les dijo que yo gastaba todo en drogas.
Pasé años comiendo solo cuando podía, saltándome comidas día por medio.
Para no desmayarme en clase, me metí a trabajar en la cafetería del campus en mis ratos libres, solo para conseguir un plato caliente.
Rita, una de las cocineras, siempre me cuidó.
Cuando nadie miraba, me servía un poco más de carne, como quien sabía que esa era la única comida del día.
Tenía una