Cuando Howard fue al puerto para tratar de alcanzarme, ya era tarde. Mi barco había zarpado de retorno a la ciudad. Mi aún esposo enfurecido renegó, pateó el aire, refunfuñó y hasta prometió que me iba a castigar a latigazos.
-¡¡¡Tú eres mi mujer, perra!!! ¡¡¡Me perteneces!!! ¡¡¡Eres mía y debes aceptar cómo soy!!!-, empezó a vociferar en el puerto enceguecido por la ira. Todo el mundo lo miraba viéndolo tan descontrolado, convertido en un ogro, lanzando maldiciones, queriendo retorcerme