—¡Quiero matarlos a todos!
Juan dijo con frialdad.
Con estas palabras, todos cayeron de rodillas, golpeando con gran fuerza sus cabezas contra el suelo mientras suplicaban desesperados por sus vidas.
—¡No, no me mates!
—¡Por favor, ten piedad! ¡No quiero morir!
Cada uno de ellos se golpeaba la cabeza con tanta fuerza que empezaron a sangrar de inmediato. Sus rostros estaban llenos de terror y un desesperado deseo de vivir rondaba en sus mentes.
Raimundo, aún más aterrorizado por tal suceso, habí