Cuando Juan giró la cabeza para mirar, al final del callejón volvió a aparecer la figura de aquel par peculiar: un adulto y un niño, ambos vestidos con túnicas blancas. El niño seguía mirando fijamente a Juan, con ojos rojos intensos, de los que brotaban rastros de sangre que caían desbordados por su rostro pálido como la nieve.
El adulto que lo acompañaba era aún más espeluznante, pues carecía por completo de facciones. Su rostro estaba cubierto por una gruesa capa de tela blanca que ocultaba p