En ese momento, la nostalgia que Juan había mantenido reprimida en su corazón finalmente explotó con fuerza muy descomunal.
A pesar de su carácter firme y quizás reservado, sus ojos se enrojecieron por completo, como si hubiera vuelto a ser el joven llorón que solía ser en un principio, siempre protegido por los demás.
Miró a Celeste, que lloraba desconsolada, y avanzó un paso para abrazarla con fuerza: —¡Hermana!
—¡Pierdrita!
Celeste también lo abrazó con fuerza, como si temiera que Juan desapa