—Abuela, ya llegué —dijo Gaby, no quería que su queridísimo amigo entrara en contacto con su abuela, así que lo había dejado debajo de un árbol de Manzano, le había advertido que no entrara, que ella ya saldría después de reportarse, pero se llevó la gran sorpresa cuando el bullicioso y la aglomeración de tantas personas le llamara la atención.
No podía creerse lo que veía sus ojos, aquél hombre era el que estaba en medio de todos los ancianos riéndose y haciendo piruetas para hacerlos reír a s