El forcejeo entre Alan y Alexander en el pasillo del hospital era feroz y caótico. El aire se llenó de jadeos y el ruido seco de los golpes.
Alan, impulsado por una obsesión desquiciada, intentó esquivar a Alexander para llegar a las puertas de la UCI.
—¿Adónde crees que vas, infeliz? —rugió Alexander, sujetando a Alan por el cuello de la camisa y estrellándolo contra la pared enyesada.
—¡Ni tú ni nadie podrá impedirme que pueda ver a Aurora! —gritó Alan, fuera de control, devolviendo el golpe