Los días se arrastraban en el hospital con una lentitud desesperante. Aurora seguía sumida en aquel terrible letargo, conectada a máquinas, su vida pendiente de un hilo frágil. Alexander apenas salía del hospital para ducharse y comer algo; se había instalado en una suite cercana a la clínica para poder estar pendiente por si cualquier cosa sucedía.
Mel y Richard se turnaban para apoyarlo, trayéndole comida y tratando de mantener la normalidad en el caos.
Esa mañana, Alexander estaba perdido en