El fin de semana había llegado, y con él, la estancia en la casa de campo de los Richmond. Alexander y yo estábamos terminando los últimos preparativos. El aire estaba plagado de incertidumbre. Mel y Max nos miraban desde la puerta, con esa mezcla de emoción y nostalgia que siempre acompaña las despedidas.
—¿Tienen todo? —preguntó Mel, mientras revisaba por tercera vez el equipaje.
—Todo en orden —respondí con una sonrisa—. No te preocupes tanto, amiga.
Richard llegó justo en ese momento, i