Mayo, 02
—¡Despierta!— chillo con premura.— ¡Despierta Damián, es tarde! — vuelve a ignorarme y con un brazo cubre sus ojos para seguir haciéndolo. Suelto aire y busco por el piso algo para cubrir mi cuerpo desnudo; tomo el albornoz rosa pálido y con rapidez me lo pongo. En un acto rápido recojo una de las almohadas del piso y la lanzo con fuerza a la cara del rubio.—Levantate.— ordeno cuando se quita la almohada y el brazo de la cara para mirarme con las cejas hundidas. — Ahora.
Sin quitar la